El viaje del difunto
Cinco días después de la muerte de una persona, un mara'akame (chamán) trata de rescatar su alma del inframundo, ubicado en el poniente. Para lograrlo, el mara'akame tiene que seguir los pasos del alma del difunto, empezando por su tumba (en la parte superior izquierda). Ahí, a través de un nierika (en el cuadro, figura verde a la derecha de la tumba), percibe los pasos que el difunto dio (en el camino que corre hacia la derecha de la obra). El mara'akame, que lleva un bastón rojo de acacia con espinas para protegerse, se dirige a un cerro en el cual se encuentran las almas de los muertos. El alma del difunto reciente suena como una campana, para dar aviso de su llegada a otros dos compañeros, que vienen a sumarse desde abajo.
Delante del cerro se encuentra un chalate o higuera silvestre. Las almas de los difuntos varones tiran piedras con forma de vagina a las ramas de este árbol, mientras que las almas de las hembras arrojan palos. Estos elementos simbolizan sus transgresiones sexuales. Debajo del camino aparece un gusano, kuitemui, con el que el alma jugaba cuando estaba viva y al que había aplastado hasta su muerte. Ahora, el gusano le penetra el ano como venganza.
El alma sigue su camino cruzando por tierras de diferentes colores: rojo, azul y amarillo. Entonces se encuentra el cuervo al que había asustado en sus campos de labores cuando vivía, y al que ahora tiene que dar una mazorca de maíz para pedirle "su merced". Debajo del cuervo, el alma del difunto encuentra un pozo de agua sucia e infestada de gusanos (en un círculo naranja) del cual puede beber, y se acuerda del agua limpia que probó durante su vida. Y es que en la muerte todo está invertido.
En este punto, el alma del difunto se transforma en una mosca que el mara'akame percibe en un nierika (de color naranja y en forma de luna creciente encima de la cabeza del cuervo). La mosca llega al río ubicado sobre el camino, donde le pide al perro que le ayude a pasar a la otra orilla, pero el perro se niega, porque en vida, el ahora difunto lo había maltratado: no lo había alimentado, lo había golpeado y pateado. Entonces el alma, que había sido enterrada con tortilla para este propósito, le arroja dos al perro para que éste lo ayude a cruzar. El camino sigue entre dos rocas gigantes que se golpean entre sí. Ahí, el alma se enfrenta a una zarigüeya (forma en la zona rosa inferior) que lo amenaza por haberla cazado, pero el alma se escapa de este animal y de las rocas.
Más adelante, el alma deberá someterse a varios castigos que le son impuestos por las infracciones sexuales que cometió en vida: una cazuela de líquido hirviendo (representada como un círculo naranja) está a la espera de las almas de los adúlteros; los que han cometido incesto están unidos por sus genitales y son asados en brochetas. Si los pecados del difunto fueron demasiados, el alma se pega a la vela en forma de mosca y el mara'akame no puede rescatarla. Si en el curso de su vida copuló con un mestizo, el alma quedará encerrada en el corral de las mulas broncas, que representan a los compañeros sexuales de los transgresores. Aquí el alma se ve obligada, a palos, a subirse en una de las mulas que la arroja al aire, la tumba y la aplasta, con lo que le causa una segunda muerte. En esta obra pueden apreciarse las almas de dos difuntos recientes en el corral verde, una de las cuales se ha convertido en esqueleto.
El mara'akame, que sigue al alma durante su largo recorrido, reaparece en la parte superior derecha junto con su asistente. Ambos están sentados en sillas ceremoniales para cantadores y han dispuesto de un petate, itari, en el centro. El mara'akame carga una vara con pluma, muwieri, que le ayuda a localizar el alma.
La familia del difunto ha preparado una gran fiesta para recibir el alma una vez que el mara'akame la “agarre”. Algunas de las ofrendas para esta ceremonia se ven en el margen derecho del cuadro, como un bule de tejuino de maíz fermentado con espuma, una jícara llena de la comida favorita del difunto, una mazorca de maíz multicolor de la última cosecha y dos velas. El mara'akame y su asistente han preparado una flecha para capturar el alma que puede verse en la sección verde inferior. A la izquierda, un mara'akame prepara una botella de alcohol y un plátano para atraer el alma (en el área rosa).
El mara'akame localiza el alma entre un par de músicos en la parte inferior izquierda. Aquí los muertos bailan desenfrenadamente, levantando torbellinos de polvo, al ritmo del violín y de la guitarra. El alma había traído consigo pelos de venado, granos de maíz y otras posesiones que han provocado la enfermedad y la miseria entre los suyos. El mara'akame tira un flechazo al alma que baila en el espacio naranja, con lo que la despoja de estas posesiones y la lleva en forma de mosca (parte inferior derecha) a la fiesta. Entonces, el mara'akame ofrece comida al alma rescatada, la limpia y la suelta al cielo donde ahora podrá ser recibida por Nuestra Madre Joven Águila, Tatéi Werika Wimari, la dueña del mundo superior.
Existe también un camino para los inocentes, pero este solo es asequible a los niños muertos. Este camino cruza la región rosa y está sembrado de flores. Lleva directamente a una zona circular que simboliza los cuatro puntos cardinales; dentro de esta región podemos ver las almas de tres niños difuntos. Otro niño aparece a la derecha de Tatéi Werika Wimari. Solo quienes tienen el alma limpia llegan a su lado después de la muerte, porque ella es la madre que renueva la vida.